3.12.11

El Güegüence: nuestras identidades duales y temerosas


¿Por qué cuando leemos obras como el Güegüence sentimos que lo que estamos leyendo, no está tan alejado de nosotros, que basta con voltear un poco a nuestro alrededor y observar nuestras realidades para darnos cuenta que hasta lo más arcaico y encerrado se sigue respirando y sigue alimentando nuestro ideario? Con esto me refiero particularmente a que la estructura social y cultural que se percibe en esta obra anónima, sigue estando presente en Latinoamérica y es un esqueleto que con el paso del tiempo se ha revestido de una y mil maneras, pero sigue siendo el mismo: un sistema de trampas, un sistema de cercanías peligrosas pero convenientes, y más que nada un sistema doble con una cara para nosotros pero con otra para los demás.

Esta dualidad no sólo tiene un papel significativo en el Güegüence, me parece, además, que es la base de toda la obra y de todo lo que en ella cabe: el náhuatl para españoles y el náhuatl escondido, el deseo de avanzar y la necesidad de quedarse en el lugar que por derecho/obligación se tiene que ocupar, el camuflaje entre la ofensa y los elogios, la bondad y la maldad que están presentes en todos los personajes; todo este conjunto de verdades y mentiras a medias que nos deja ver que aquí no hay negro ni hay blanco, todo el juego se basa en los matices, pero dentro de esos matices pasan cosas, surgen ideas que van cimentando las realidades y que van formando esbozos de identidades que reclaman su lugar, que tienen memoria y nos cuentan historias que nos abren los ojos y nos forman para defender, para construir, pero no para luchar porque en una lucha debe de haber igualdad de circunstancias y en nuestra América esa nunca ha sido una posibilidad, por eso sólo nos queda resistir. Pero esta resistencia se disfraza y disfraza nuestras palabras para manifestar nuestra inconformidad con algo que ya no sabemos qué es, pero que quedó como una tradición vigente porque aún lo sentimos en carne viva: tal vez los colores o los nombres cambiaron, pero los hechos no y su agresivo silencio nos permite escuchar los ecos de los actos del pasado que nos dejan pistas y acertijos para poder desenmarañar los nudos de la historia y entender que muchas veces el enfrentamiento que tan fervientemente buscamos es contra nosotros mismos.

Este enfrentamiento es parte de una serie de secretos que se han estado ocultando en las grietas de nuestros corazones, y que al parecer tienen fecha de fabricación, pero no de caducidad: mientras más luchamos para esconderlos, brotan con más fuerza alejando más y más a sus infames enterradores. Las primeras en brotar son las diferencias, que han marcado a todo nuestro continente porque todos en algún momento hemos acudido a ellas para expiar culpas y malos pensamientos. Sucede que las diferencias son traicioneras y son buenas amigas de los engaños y aunque pudiera parecer que de este lado somos expertos en engaños, la regla sólo aplica para los engaños ajenos, no para los que nosotros mismos nos hacemos.

Toda esta relación engaño-diferencia esta expresada en el Güegüence a manera de alianzas, porque estas alianzas nos engañan haciéndonos creer que la felicidad consiste en ser iguales, en tener la misma clase social, en parecerse. Los engaños no solo se quedan en engaños, primero los convertimos en creencias para después guardarlos en nuestras conciencias con un reflejo condicionado para atacar en cuanto se nos cuestione, para defender el vacío que dulcemente llamamos hogar, educación, historia o identidad. Porque con eso nos educan, con vacíos, vacíos que llenan ellos, los que nos tratan de separar, porque saben que separados no somos nada. El problema surge cuando los que intentan separar nuestra América somos nosotros mismos, pero seguimos pidiéndole prestada al Güegüense su sordera para no escuchar que sin cooperación nuestro continente se queda solo con las máscaras vacías que poco a poco se están transformando en nuestras caras y lo que existió y resistió en algún momento debajo de esas máscaras se está debilitando cada vez más, entonces la ingenuidad, la torpeza, el miedo y la cobardía se convierte en lo que realmente se oculta bajo la máscara de valentía, resistencia y tradición que nos heredaron nuestros Güegüences, nuestros Guaman Pomas y nuestras Monjas Alférez.

Es hora ya de afrontar nuestras diferencias, nuestros vacíos, nuestros miedos y nuestras ideas, porque ese es el primer paso para rehacer nuestra desmembrada identidad. Es momento de enorgullecer a nuestros antepasados y dejar esperanza para nuestros descendientes creando cosas nuevas, poniendo en práctica nuestra imaginación y usando por primera vez nuestras alas, que tal vez estén un poco rotas, un poco manchadas y atrofiadas pero con esas nos tocó volar y tener la capacidad de hacerlo bajo estas circunstancias sólo hacen que nuestro vuelo sea más bello y digno de apreciar.



No hay comentarios:

Publicar un comentario