5.12.11

“No se espante de su rareza inquietante a la incredulidad”



These are our realms, no limits to their sway-

Our flag the sceptre all who meet obey.

Ours the wild life in tumult still to range

From toil to reste, an joy in every change.


Oh, who can tell? not thou, luxurious slave!

Lord Byron.

En nuestros tiempos parece existir un interés “muy bien fundamentado” por lo verdadero. Se establece una línea tajante entre “lo cierto” por un lado y, por el otro, lo que no lo es: “lo falso”. Es difícil que alguien se oponga a esta dicotomía. El uso correcto de estos adjetivos sustantivados está dictado por su referencia a la realidad. La autoridad para señalarnos su justo uso es la ciencia, la cual determina una abstracción veraz que refleja la realidad mediante un método teórico-práctico (racional-demostrable). De esta manera la verdad es un camino exactamente determinado entre el mundo y el pensamiento.

La verdad debe ser emitida por un sujeto.

También, está implícito que sólo hay una vía. En la visión objetiva no hay espacio para la pluralidad (incluso, ésta implicaría contradicción).

Al emitir una opinión (consciente o no) sobre la veracidad de algún suceso, un hombre -o un grupo- le otorga verosimilitud o se muestra incrédulo si tal evento no entra en sus parámetros de “verídico”. Esto es, en cierta medida, una decisión de escuchar a algunas personas y a otras no. Nos basamos, por supuesto, en una cuestión práctica: no podemos abarcar la realidad totalmente, ni ser testigos de cada experimento, pero debemos discriminar para trazar nuestro pensamiento. Entonces, es menester elegir a quién escuchar, y si nos guiamos por la lógica: apelaremos a la autoridad.

La autoridad es algo diferente a la verdad; la autoridad es un fenómeno abiertamente social, está quien predica y quien lo acepta. Se construye mediante el mensaje (y su relación con el referente) y el prestigio –si bien, éste puede suceder al mensaje, una vez creado, formará parte de la legitimidad del emisor-.

¿Quién es la autoridad? El autor, desde la construcción léxica y social. Ahora, nos enfrentamos no sólo a un grupo al que hay que otorgarle credibilidad, vemos que esa colectividad está regida por un individuo, un líder que es la puntera de la vanguardia y la innovación. Lo más importante es que su obra (científica, artística, profesional, etc.) sólo debe retribuírsele a este sujeto, él es el único dueño. Intervenir en ella significaría dañarla y tergiversarla, sería un oprobio. Así, llegamos a nuestra idea de una obra pura, hecha por un autor, y una que no lo es, una sin cohesión o manchada en su infinita genialidad potencial.

Algo parecido pasa con la etiqueta “artístico”, sobre todo si la pensamos enfrentada a otra como “artesanal”. “Artístico” es, por supuesto, la obra de un autor, un mensaje íntegro en forma y fondo. Mientras que “lo artesanal” es producto de varias manos y mentes; probablemente no esté creado a conciencia de expresar; el gusto que demuestre sea vulgar u ordinario; y además, la obra misma, tal vez no sea única en su clase. Esta diferencia no sería importante, si a ambas calificaciones, impuestas por un público, no se les otorgara una relación de valía jerarquizada.

Me he encontrado con diferentes personas que denominan como “ciencia” o “arte” a cualquier actividad humana –especialmente si ellas mismas la practican-. No es mi intención en esta líneas determinar qué es “arte” o “ciencia” y qué no. Aquello que me interesa señalar es que lo hacen con la intención de otorgarle valía social. Demostrando que las calificaciones que el público otorga no son tan inocentes como pretenden desde su “objetividad”.



Una monja sin patria

De pronto, nos encontramos con la Historia de la monja alférez escrita por ella misma. Un texto en el que, según los estudiosos, no debemos buscar “las bellezas de la literatura”. Memorias que ímprobamente fueron escritas por Catalina de Erauso (la monja), las cuales, además, no coinciden con algunos datos precisos, relativos a documentos más serios de su época. Y la primera pregunta que se nos ocurre es: ¿qué estamos leyendo? Y la siguiente: ¿cuál es su valor?

La Historia de la monja alférez es un relato de exilio y su protagonista también lo es. Una mujer que huye de la justicia, de las ciudades, de su hábito y de su sexo.

Empero, este escape es la negación de lo establecido y la creación de un nuevo camino. Vale la pena recordar que abandona el claustro que le ha sido impuesto para no tener que soportar más los maltratos de otra monja abusiva.

Catalina es un personaje extremadamente bravío. Su fiereza es recurso indispensable para defender su honor, para no ser sometida o sobajada. Pero no quiero dar la impresión equivocada diciendo que la monja alférez es sólo víctima de sus circunstancias, no, la “religiosa” disfruta mucho de esta necesidad de mantener su libertad. Se nos presenta como una persona orgullosa y altanera, decidida a vivir como el último cada momento, y pensar en su futuro de vez en cuando.

Sus indómitas hazañas van engrandeciendo su figura a lo largo del relato. La admiración que sentimos por ella se nos vuelve afecto, la contemplamos de la misma manera como gozosamente vemos a un héroe: con sumo cariño y distancia a la vez, profunda empatía ante los peligros y complicidad muda ante sus crímenes.

Indudablemente la monja se convierte en nuestra heroína.

Pero, ¿este personaje, tan extraordinario por sí mismo, convierte en literatura o Historia el texto de su vida? Y ahora sí nos enfrentamos a preguntas colosales: ¿qué es literatura? Y ¿qué es historia?

-Estas preguntas son otras en realidad: ¿quién hace literatura? y, ¿quién hace Historia?-

Luis Díaz G. Viana retoma una distinción platónica entre recuerdo y memoria. Recuerdo es la imagen vívida de alguna situación del pasado. La memoria es la facultad de recordar, o sea, la capacidad de ordenar o hacer consciente algún recuerdo. En oposición al olvido.

Enfrentadas también están la oralidad y la textualidad. Díaz asegura la escritura es sólo un recurso artificial para recordar; empero la herramienta clave para que nosotros podamos entender la escritura está aprendida y enseñada mediante la palabra oral, probablemente con mínima consciencia de que lo que realmente se está transmitiendo es la cultura.

En la cultura se transfieren los recursos necesarios para entendernos entre humanos a pesar del tiempo y la distancia. Díaz los considera a éstos universales, pero que yo no me atrevería a calificarlos así –siempre puede haber excepciones-. Tampoco creo que exista una distinción contundente entre el recuerdo (los datos) y la memoria (la capacidad de retomarlos), porque es difícil marcar el límite en la mente.

Pienso más importante observar que cualquier cosa que se expresa tiene una intención detrás, actuar sobre los que escuchan. El significado social del lenguaje es ineludible, evitarlo, inequívocamente, equivale al silencio.

La historia, como una ciencia, pretende darnos una mirada del pasado, que en su elaboración, al menos, sea lo más objetiva posible. Discrimina testimonios y construye sus propias autoridades.

Sin embargo, la realidad no es una. No la podemos entender en sí misma en tanto que está fuera de nosotros; ni siquiera podemos entenderla en su totalidad desde nosotros mismos. Lo único que podemos hacer es emitir una opinión asumiendo que somos perspectiva y que tenemos fronteras, nada más.

La realidad se construye desde alguna comunión, me parece, de diferentes panoramas contemplados y procesados por diferentes sujetos.

Nuestra monja nos habla de fechas y personas sin precisión. Sus hazañas conjuntas aparentan ser improbables -hasta que terminamos la lectura y nos ponemos a cuestionarlas un poco-.

Catalina nos está diciendo otra cosa. Nos está hablando de su época, de sí misma y de nosotros. Es un personaje carnavalesco y desde su personalidad alternante se encarga de señalar y cuestionar los motivos de algunos límites que parecen naturales y no lo son.

Es un personaje que se mueve entre los opuestos: los votos religiosos y militancia belicosa, lo femenino y lo masculino, la vida y la muerte. Lo hace sin problemas, sólo para demostrar que en verdad no hay oposición y que aquéllos sólo son ideales, inventos racionales que no siempre tienen que ver con la realidad y, sobre todo, que no deben limitarla.

A mí, la monja alférez sí me habla de la verdad. No importa mucho si es ella misma quien me está contando la historia o si alguien más decidió tomar su voz para contarlo porque le pareció interesante. La forma (“no literaria”) fue ejercida con destreza, las escenas cargadas de acción, alejadas de la intimidad y sentimentalismo contribuyeron a erigir un personaje un poco más lejano, reservado y tremendamente admirable, sin que dejara de ser humano. Catalina es una leyenda.

La empatía que sentimos por ella nos habla de algo que sigue vigente: la búsqueda de la libertad. Esta necesidad que yo no sé si es esencial o transmitida en la continuidad de la cultura, pero que está presente en mí y en muchos de los que me rodean –tal vez en todos-.



La monja alférez, como ya dije, está en el exilio de muchas cosas y eso nos da la impresión de que no pertenece a ningún lugar. Por el contrario, Catalina de Erauso y su figura digna y fuerte cimientan en sí misma un sitio del que jamás podrá ser desterrada. Su patria es ella misma.




Bibliografía:

DÍAZ G. Viana, Luis, "Los caminos de la memoria: oralidad y textualidad en la construcción social del tiempo", en Acta Poética. Revista del Centro de Poética. Instituto de Investigaciones filológicas, http://www.revistas.unam.mx/index.php/rap/article/view/17343, consultada el 25 de noviembre de 2011.

ERAUSO, Catalina de, Historia de la monja alférez escrita por ella misma, Madrid: Hiperión, 1986

Fotos por Meli Macarena




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